Era de noche aun cuando me dirigía, una fría madrugada de febrero, a la estación a coger el primer tren. La calle está flanqueada por árboles de todo tipo, en esa época con el austero atuendo de invierno. Excepto el almendro, que estaba en flor. Al verlo recordé que, de pequeñas, a mis hijas les gustaba trepar a él. Su tronco retorcido les ofrecía puntos de apoyo sólidos y asequibles. Subirse a él les permitía contemplar el mundo desde una perspectiva distinta y, de paso, llevarse alguna almendra en temporada.
Aquella incipiente mañana, el almendro estaba con sus mejores galas. Pletórico de flores, no se distinguían las ramas. Me detuve justo debajo de él y, al mirar hacia arriba, a la noche despejada, confundía las flores con las estrellas. Veía un mar de brillos plateados, de orondos puntos blancos cercanos y lejanos: la noche vestida de faralaes.
Pocos días después vino una de esas borrascas con nombre y, por lo que se pudo ver, con pedigrí. El viento y la lluvia arrasaron con las flores y me las encontré esa vez en el suelo, embelleciendo el húmedo asfalto. Había tantas que taponaban la reja del alcantarillado, ribeteando el borde de la acera, como si de una greca se tratara. El almendro quedó desnudo, casi avergonzado. Sufrió un armagedón floral.
Otros años, la brisa dejaba caer paulatinamente los pétalos, como si nevara despacio. Dice la leyenda que hubo un rey moro que se enamoró de una joven navarra, con la que finalmente se casó. Cuando vivían en Granada, la mujer se encontraba triste y melancólica, porque echaba de menos las nieves de su tierra. Él plantó almendros en el jardín, para que al final del invierno su enamorada viera caer los pétalos con la cadencia y abundancia de una buena nevada.
Por suerte, mi almendro pasó poco tiempo desnudo. Fiel a la etimología de su nombre en hebreo, “scha·qédh”, que significa “el que despierta”, el árbol ya anuncia la primavera. Tras aquella tempestad boreal vino la calma, el sol tibio y el cielo azul, poco a poco se fue tachonando de sus incipientes brotes. Esos minúsculos botones verdes empujan con juvenil insolencia, lo que pronto se harán hojas hechas y derechas. Y las flores, cuyos pétalos acabaron en el asfalto, meses más adelante darán paso a sus dulces frutos.


